“Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.” “Hasta el día” era la palabra de Jehová. ¿Qué tal con nosotros, creyentes en el Señor Jesucristo en el día de la gracia? ¿Cuál es el día que nosotros estamos esperando? Hay algunas entre los verdaderos cristianos que lastimosamente enseñan que estamos esperando el día de juicio que ha de venir sobre la tierra, lo que se llama la gran tribulación. Pero no es cierto. “Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros para que ya sea que velemos, o que durmamos, vivamos juntamente con él.” 1 Tesalonicenses 5:9-10 La ira si toca a este mundo, pero por nosotros, creyentes en el día de la gracia, esperamos el arrebatamiento cuando Cristo nos va a llevar al cielo ANTES que el día de la ira. La salvación de que se habla en el versículo citado arriba es la salvación de nuestros cuerpos, ya que la salvación de nuestras almas ha pasado cuando aceptamos a Cristo como nuestro salvador.
Hasta el día Jehová iba a sostener la viuda, su hijo, y el profeta. Pero eso no indica que no iba a haber tribulaciones entre tanto, y algunas pruebas muy fuertes. “Después de estas cosas aconteció que cayó enfermo el hijo del ama de la casa; y la enfermedad fue tan grave que no quedó en él aliento.” Igual como ella, nosotros vivimos en una escena de muerte, a causa del pecado. Dijo Juan el bautista “He aquí, el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” Juan 1:29 Pero este día aún no ha venido, y nosotros somos sujetos a las consecuencias del pecado en el mundo. Parece que la enfermedad del niño era algo largo, y quizás entre tanto que quedaba enferma, ambos Elías y la viuda estaba orando con ferviente voz, pidiendo a Jehová que el joven fuera curado. Pero no, no fue así. El joven murió, y la viuda fue dejada aparentemente sola en el mundo. Pero, ¿realmente estaba sola? Pues, no, porque Jehová, aunque le había dejado pasar por la prueba más difícil que uno puede imaginar, no la había dejado. ¿Y no es bueno por nosotros, pasando por alguna prueba bien difícil, que reconozcamos que Dios no nos ha abandonado? Como nos dice en Hebreos 13:5 “él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.”
La viuda muy bien reflexionaba que quizás Jehová tenía algo que decirle. “Y ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, varón de Dios? ¿Has venido a mí para traer a memoria mis iniquidades, y para hacer morir a mi hijo?” No podemos decir que esta oración no tenía algo de angustia y resentimiento. No sabemos cuáles eran las iniquidades de que ella habla, pero siempre es bueno cuando pasamos por las tribulaciones escudriñarnos a nosotros mismos, a ver si hay algo en nuestras vidas del cual el Señor quiere hacernos consientes. Pero como recién escribimos acerca de la disciplina de Dios, no siempre es por algún pecado que hemos cometido que el Señor nos deja pasar por tribulaciones. Pero en el caso de la viuda, Jehová le iba a ensenar algo aún más grande que la provisión del pan diario. Ella iba a conocer el Dios de resurrección.
Elías también iba a aprender algo muy grande. Leemos en el libro de Hebreos, capítulo 11, que Abraham tuvo fe acerca de Isaac “pensando que Dios es poderoso para levantar aun de entre los muertos, de donde, en sentido figurado, también le volvió a recibir.” Pero nunca en la historia del hombre había una ocasión cuando a través de la oración había sido levantado de los muertos alguien. Pero Elías, el hombre de semejantes pasiones como nosotros, sabía lo que era orar fervientemente. Antes había orado fervientemente que no lloviera, y había visto como Dios había escuchado su oración y contestado según su fe. Así en esta ocasión, vemos como Elías oró fervientemente por la vida del joven. “Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él.” ¡Oración audaz, sin duda! Pero la fe de Elías era tal que confiaba que Jehová, que había provisto todo en su vida, de los cuervos que le había traído carne y pan hasta la vasija de aceite que no se vacío y la harina que nunca había acabado. Y Dios era tan fiel como Elías pensaba. “Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió.” No dudamos tampoco que la fe de la viuda también estaba en acción, pues el mismo capítulo 11 de Hebreos nos dice “Que por fe…. Las mujeres recibieron sus muertos mediante resurrección.”
¿Lamentaba después la viuda de haber tenido que pasar por tal prueba? No creo. Seguro es que ella, antes conociendo el Dios fuerte para proveer el pan de cada día, era también el Autor de la vida, el Dios de resurrección. Fue una cosa totalmente desconocido, hasta aquel momento, y ella tuvo el privilegio de ver y experimentar que Jehová Dios de Elías era el único y poderoso Dios. Así nosotros no debemos quejar y lamentar por las tribulaciones que Dios trae en nuestras vidas. Son para hacernos conocerle mejor.