Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos.
Me gusta comparar estos versos de Lucas 19 con los versos de Lucas 13, cuando los fariseos le decían a Jesús Sal y vete de aquí.
En aquel entonces ellos pretendían que lo estaban protegiendo de Herodes. Pero se ve que Jesucristo detectaba su hipocresía por lo que dijo después acerca de la cuidad de Jerusalén. Para mí es bien impresionante sus palabras. ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta; y os digo que no me veréis, hasta que llegue el tiempo en que digáis: Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hay un tratado que no he visto por mucho tiempo, pero muy posible es que lo he mencionado antes. Es la historia de un agricultor que tuvo un incendio que pasó por su trigo y parecía haber quemado todo. Pero el agricultor pasaba por el campo carbonizado y vio algo raro en la tierra. Parecía ser una pelota. Dándolo una patada con su pie, escuchaba algo extraño; salía unos ruidos pequeños y de la pelota salió unos cuantos polluelos, totalmente sanos. No era pelota, sino una madre gallina, muerta en el incendio pero sus polluelos vivos. El motivo de contar esta historia es por ilustrar el amor natural de la madre gallina que nos conmueve y nos hace reflexionar. A pesar de poco cerebro, ella muestra un amor fuerte por sus crías y sin poder rescatarse la vida en el incendio, salvó a sus crías por la única manera que le fue posible. Así sirve por una la historia como débil ilustración del amor del Señor Jesucristo quien dio su vida por nosotros. Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios.
1 Pedro 3:18 Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados.
1 Pedro 2:24
Pero la nación de Israel no quiso que el bendito Señor Jesucristo juntara sus hijos como la madre gallina. Sin embargo, encontramos en nuestro capítulo el grupo de fieles creyentes en el Señor que dijeron las mismas palabras del capítulo 13 Bendito el que viene en nombre del Señor.
Así ellos formaban un pequeño prototipo del porvenir, aunque no eran el cumplimiento de la profecía del Señor Jesús. Así cuando el Señor dijo os digo que no me veréis
estaba hablando al liderazgo de Israel, los que le decían Sal, y vete de aquí.
Nuestro capítulo cuyo aspecto de tiempo era una semana antes de la cruz de Cristo, nos da la advertencia del Señor a su pueblo Israel. Sus lágrimas eran como las lágrimas de Jose sobre sus hermanos que necesitaban el arrepentimiento por haberlo vendido hace 22 años y le dolía tratarlos con dureza. Así nuestro Señor, reflexionando sobre la ciudad, los advierte que viene el día cuando van a ser sacudidas y aplastadas por su incredulidad, pues no conocían lo que es para tu paz.
En parte lo que el Señor profetizaba tenía su cumplimiento en el año 70, cuando vino el general Romano Tito, y aplastaba la ciudad, tumbando el templo, no dejando una piedra sobre otra piedra. Pero su cumplimiento principal es aún futuro, durante la gran tribulación, la segunda parte de la semana setenta de Daniel. Va a haber un remanente como los discípulos de nuestro capítulo que van a reconocer su Mesías en Jesucristo. Efraín dirá: ¿Qué más tendré ya con los ídolos? Yo lo oiré, y miraré; yo seré a él como la haya verde; de mí será hallado tu fruto.
Oseas 14:8
25 octubre de 2022