Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo…
La multitud siempre da la idea de todo el mundo entusiasmado por cierta cosa y en nuestro capítulo vemos otra vez un grupo grande de judíos aparentemente interesado en el Hijo del hombre, Mesías de Israel. Pero el Señor Jesús conocía sus corazones, que eran principalmente sin la fe salvadora que hemos visto en Lucas en varios individuos con arrepentimiento profundo e individual. Pero en la multitud siempre hay la sospecha que son atraídos por motivos falsos.
Me acuerdo hace muchos años atrás que había un restaurante de platos de pescado donde decidieron aumentar su venta a través de un especial muy barato, con la esperanza de que los clientes también comprasen otros platos de mejor provecho. Fuimos a este restauran un grupo de la asamblea con la viuda del hermano Jaime Harrison Smith, autor del himnario “Mensajes del Amor de Dios.” Se veía “la multitud” llenando las mesas en aquel entonces. Seis meses después, el restaurante tuvo que cerrarse; todo el mundo iba comprando el especial sin querer comprar lo más rentable, y al eliminar el especial, casi se vaciaba el restaurante y no podían continuar.
Pero nuestro Señor Jesús no tenía por esta multitud algo barato, sino algo costoso y así las prueba con cosas que parecen ser duras. Les propone cuatro pruebas de la sinceridad, si querían ser de veras discípulos suyos.
Primero, a él, le tenían que dar el primer lugar, ante todo lo demás, incluso la misma familia. Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.
Seguramente entendemos que la expresión aborrece
aquí se habla de comparación, que amemos a Cristo más que a cualquier familiar. No se puede decir que el Señor recomendaba el odio hacia la familia, sino era una palabra fuerte hacia tales como vimos anteriormente en Lucas 9:61; Entonces también dijo otro: Te seguiré, Señor; pero déjame que me despida primero de los que están en mi casa. Y Jesús le dijo: Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.
Tenemos un hermano en nuestra asamblea cuya esposa e hijos son testigos de Jehová. El hermano ha sabido algo de la dificultad de seguir a Cristo cuando la familia está en contra.
Segundo, el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
Hemos mencionado antes como la vista de uno llevando una cruz era la prueba de algo singular. Aquella persona iba para la muerte y no iba a ser distraído por cualquier cosa. El Señor Jesús iba hacia la cruz en aquel momento, rechazado de la nación a pesar de la apariencia en aquel momento de la multitud alrededor de él. Para seguirle a él, uno tendría que aceptar el rechazo también del mundo. Como dijo Jesús a sus discípulos justo antes de sufrir la cruz Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.
Juan 15:18
Tercero, el seguir a Cristo no es nada más una breve época en la vida de uno, sino por toda la vida. Se compara a un proyecto de construcción que no tiene uso ninguno si no se acabe. Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?
Desgraciadamente, todos nosotros hemos visto a creyentes que no han visto los beneficios de cumplir su carrera cristiana con fidelidad al Señor. El apóstol Pablo dijo a los ancianos de los Efesios en Hechos 20:24 Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.
Muchos años después, y después de años encarcelado por el testimonio de Jesús dijo a Timoteo Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.
2 Timoteo 4:6-7
Cuarto, el discípulo de verdad tiene que reconocer que hay un enemigo fuerte que está en contra. ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil?
Aquí el Señor solo menciona la fuerza del enemigo, y no habla de los fuertes recursos que tenemos a nuestro alcance. ¿Se acuerda del joven siervo de Eliseo que tenía miedo de los Siros afuera de la ciudad? Y se levantó de mañana y salió el que servía al varón de Dios, y he aquí el ejército que tenía sitiada la ciudad, con gente de a caballo y carros. Entonces su criado le dijo: ¡Ah, señor mío! ¿qué haremos? Él le dijo: No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos. Y oró Eliseo, y dijo: Te ruego, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea. Entonces Jehová abrió los ojos del criado, y miró; y he aquí que el monte estaba lleno de gente de a caballo, y de carros de fuego alrededor de Eliseo.
2 Reyes 6:15-17 Si, tenemos un enemigo con veinte mil, podemos decir. Pero eso no debe desanimarnos para no seguir a Cristo.
El capítulo termina con el recuerdo de la sal. La sal hace muchas cosas; conserva, irrita, y da sabor. El cristiano sin sal no toca la vida del inconverso. Se comporta como cualquier mundano, evita la persecución y rechazo del mundo y Satanás gana la victoria en el sentido del valor de la vida de un discípulo. ¡Que el Señor nos ayude a cada uno de nosotros que no seamos “insípidas”!
7 agosto de 2022