Consideramos la semana pasada como el Señor Jesús había sido rechazado y de este capítulo para adelante, vemos su senda hacia Jerusalén. Los discípulos realmente tropezaban sobre esta realidad, enfocándose todavía en el reino de Jesucristo, no reconociendo todo lo que los profetas han dicho.
Lucas 24:25-27 nos cuenta que aun después de la muerte de Cristo en la cruz, seguían con el pensamiento equivocado. Entonces él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria? Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.
Leían y regocijaban en las escrituras que hablan de la gloria del reino. Sobrepasaban lo que profetizaba del rechazo y sufrimiento del Mesías. Así seguían en nuestro capítulo con pensamientos equivocados, incluso el no entender cuan amplio es la obra de Dios.
Entonces entraron en discusión sobre quién de ellos sería el mayor. Y Jesús, percibiendo los pensamientos de sus corazones, tomó a un niño y lo puso junto a sí, y les dijo: Cualquiera que reciba a este niño en mi nombre, a mí me recibe; y cualquiera que me recibe a mí, recibe al que me envió; porque el que es más pequeño entre todos vosotros, ése es el más grande.
En sus reflexiones sobre el reino, ¿pensaba de la gloria del Mesías rechazado? Pues, no, estaban pensando de ellos mismos y quien sería el mayor. ¿Somos susceptibles a lo mismo nosotros? No creo que es necesario nada más que hacer la pregunta y dejarla que trabaje en nuestros corazones.
Juan y Jacobo habían estado en el monte con Pedro y habían visto y escuchado lo mismo, a Moisés y Elías y su hablar sobre la muerte de Cristo en Jerusalén. No decían algo tonto como Pedro, tratando de establecer el reino de una vez, mientras poniendo a Cristo al mismo nivel de Moisés y Elías, pero aquí vemos que tampoco captaban el significado de la voz de Dios Este es mi hijo amado.
Ellos no podían echar el demonio del niño afligido, pero querían impedir a otro que si lo hacía. Entonces respondiendo Juan, dijo: Maestro, hemos visto a uno que echaba fuera demonios en tu nombre; y se lo prohibimos, porque no sigue con nosotros.
Me hace pensar de los dos, Eldad y Medad, que profetizaban en el campamento de Israel en Números 11:26. Y habían quedado en el campamento dos varones, llamados el uno Eldad y el otro Medad, sobre los cuales también reposó el espíritu; estaban éstos entre los inscritos, pero no habían venido al tabernáculo; y profetizaron en el campamento. Y corrió un joven y dio aviso a Moisés, y dijo: Eldad y Medad profetizan en el campamento. Entonces respondió Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés, uno de sus jóvenes, y dijo: Señor mío Moisés, impídelos. Y Moisés le respondió: ¿Tienes tú celos por mí? Ojalá todo el pueblo de Jehová fuese profeta, y que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos.
La obra de Dios es extensa, y por el rechazo de Jesús el mensaje de la salvación iba a salir a los últimos términos de la tierra; no es por nosotros juzgar a otros cristianos por no seguir con nosotros
ni reprender a los que profetizan en el campamento.
Lo que sigue es muy profundo. Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.
No insisto en esto pues me acuerdo que el hermano Guillermo Guerra no estaba de acuerdo con esta enseñanza pero a mí me parece que, como hombre, Jesucristo tenía la opción de volver al cielo sin pasar por el sufrimiento de la cruz. Pero no, afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Vemos en Isaías 50 estos versículos que parecen anticipar proféticamente este evento. Jehová el Señor me abrió el oído, y yo no fui rebelde, ni me volví atrás. Di mi cuerpo a los heridores, y mis mejillas a los que me mesaban la barba; no escondí mi rostro de injurias y de esputos. Porque Jehová el Señor me ayudará, por tanto no me avergoncé; por eso puse mi rostro como un pedernal.
No iba a desviar de la meta de la cruz; así en nuestro evangelio vemos la senda hacia la cruz.
Otra vez, vemos el error de Juan y Jacobo. Pensando del reino y su justicia perfecta, quieren o sugieren al Señor Jesús que se trajera fuego del cielo para juzgar a los samaritanos que no lo recibían. Pero no conocen el espíritu de Jesús pues el hijo del hombre no vino esta vez para juzgar al hombre. Acaso nosotros, viendo lo malo del mundo, hemos sentido algo semejante, queriendo que Dios juzgara de una vez a los malvados que siguen en su carrera, desenfrenados. Pero aun es el día de la gracia. El juicio si viene, pero aún hay tiempo para el arrepentimiento y Felipe en Hechos 8 predicaba a los samaritanos y muchos eran salvos, quizás hasta algunos de los mismos que por la misericordia de Jesús aquí no eran juzgados.
El capítulo termina con tres clases de obstáculos al seguir a Jesús como discípulos. El primero no había contado el precio de seguir a Jesús pues no era una vida de comodidad ni de lujo. El segundo pensaba de su familia, especialmente de su padre. Y el tercero tenía algo que hacer antes que seguir a Jesús. A cada uno había una amonestación, dándonos de entender que la salvación es totalmente gratis; la senda de seguir a Jesús como discípulo tiene un costo. Ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios.
8 mayo de 2022