MEDITACIONES

de     F. F.

Lucas 8, parte 3: El poder de la gracia contra enfermedad y la muerte


Léase por favor Lucas 8:41-56


Hemos visto el poder del Señor sobre la tormenta en el lago y los demonios en el hombre llamado Legión. Ahora veremos el poder de la gracia extendido sobre una que ha intentado todo lo demás, sin éxito. Pero se ve la curación de la mujer, que queda sin nombre en la escritura, era mientras iba a levantar de los muertos la hija de un líder en Israel, pues Jairo era principal de la sinagoga. Acaso vemos en el orden de estos eventos una ilustración de los caminos de Dios para con los gentiles. Vino Jesucristo, hijo de Dios e hijo de hombre, a levantar de los muertos la nación de Israel, muerto espiritualmente en su religión y en sus pecados, mientras pensándose entre los dignos y justos. Pero mientras iba, se lo encuentra a escondidas y en una forma irregular una mujer necesitada, que había pasado años buscando como curarse de otra forma. Así los gentiles, por tantos años desde los descendientes de Noe, buscando forma de salvarse por medio de ídolos, filosofías, y cultura se encuentran peor que nunca. Como hemos visto en nuestro evangelio, ella se presentaba como alguien no teniendo con que pagar. Los médicos anteriores le habían cobrado bien, pero sin éxito ninguno. Había gastado en médicos todo cuanto tenía, y por ninguno había podido ser curada.

Pero el toque de fe al manto de Jesús fue suficiente, pues la gracia no podía ser estorbada por las multitudes que seguían al Señor por curiosidad. Y mientras iba, la multitud le oprimía. Que no había en esta multitud mucho terreno bueno, sino un deseo como Herodes de ver alguna señal. Herodes, viendo a Jesús, se alegró mucho, porque hacía tiempo que deseaba verle; porque había oído muchas cosas acerca de él, y esperaba verle hacer alguna señal. Lucas 23:8 Pero el hijo del hombre vino para buscar y salvar a lo que se había perdido y pecadores a arrepentimiento. No vino para satisfacer la curiosidad del ser humana a ver algo milagroso. Así el Señor, de entre muchos que le tocaban, podía apreciar un toque de fe de una mujer sin remedios y bancarrota. La gracia abunda a pesar de muchos oprimiendo al Señor, pero sin fe. La mujer curada, hubiera estado contenta de salirse así no más, pero Jesús no. Jesús dijo: ¿Quién es el que me ha tocado? Pedro, siempre presto para hablar, no entendía como el Señor pudo distinguir entre el toque de fe y tanta gente alrededor tocándolo. Maestro, la multitud te aprieta y oprime, y dices: ¿Quién es el que me ha tocado? A veces así es con nosotros que no entendemos la diferencia entre un toque de fe y otros que se acercan con la apariencia de interés pero sin la fe salvadora.

Jesús no solo iba a darle el remedio por su enfermedad, pero también iba a llevarla a una relación íntima con él. En el estudio anterior vimos como Jesús decía Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen. Así vemos como esta mujer iba a ser incluido en esta familia bendita. Entonces, cuando la mujer vio que no había quedado oculta, vino temblando, y postrándose a sus pies, le declaró delante de todo el pueblo por qué causa le había tocado, y cómo al instante había sido sanada. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; ve en paz. ¡Hija! No solo curada, sino introducida en la familia de la fe. La fe y la confesión de su enfermedad curado, aunque fuera hecha con temor y templando, la dejaba igual que la mujer de la ciudad, sino saliendo con gran paz con las palabras benditas del Señor Jesús sonando en sus oídos. Allí vemos, quizás, un pequeño prototipo del futuro y el cuerpo de Cristo, algo no revelado en los evangelios, pero una y otra vez sugerido por los eventos.

El capítulo termina con la restauración a la vida de la niña de doce años. No creo que es por nada que son de la misma duración de años las dos; la mujer doce años sin remedio, y la muchacha de doce años ya muerta. Del número no sé su significado exacto, pero sugiero que se ve en las dos el mismo estado de estar sin esperanza menos en el Señor Jesús el mundo entero, sea gentil o judío. Había un grupo grande de incrédulos que aparentemente lamentaban la muerte de la muchacha, pero su lamentación era nada más algo exterior y sin una consolación verdadera por los padres, pues se cambiaban de una vez de un estado de lamentación a un estado de burla, cosa que para mí muestra que sus lágrimas eran de verdad fingidas. El papa, indudablemente desconsolado cuando le dijeron que ya había muerto su hija, escucha palabras semejantes a las que Jesus dijo a la mujer viuda que perdió su hijo en el capítulo 7; a ella le dijo Jesús no llores y aquí No temas; cree solamente, y será salva. Al parecer, su fe era suficiente a creer que este hombre divino era capaz de resucitar a su hija de los muertos, y así fue. Pero Jesús no buscaba ser notorio a los curiosos sin fe, así les dijo a los padres que no proclamasen lo que había sucedido.

Felipe Fournier
17 abril de 2022