MEDITACIONES

de     F. F.

Lucas 7: Las decepciones de la vida y la casa del fariseo


Léase por favor Lucas 7:18-50


Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos, y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?

Quizás nos sorprenda que los discípulos de Juan, después de decirle a Juan que Jesús había levantado de los muertos al joven hijo de la viuda, llevarían tal mensaje al Señor. ¿Eres tú el que había de venir…? ¿Qué más clase de milagro fuera necesario para probar quien era Jesús? Pero, las cosas no salían tal como Juan pensaba, y andaba deprimido y decepcionado. Jesús no había tomado el reino y Juan era encarcelado. Así que, a pesar del milagro inolvidable, Juan hizo esta pregunta y así se presenta a nosotros la verdad de caminar por fe o por vista. Juan Bautista, en su día de prosperidad espiritual, viendo a Jesús caminando, había dicho He aquí, el cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Juan 1:29 Pero en nuestro capítulo las cosas no habían sucedido como el pensaba y su fe fallaba. Pero Jesús los devolvió los discípulos de Juan Bautista con un mensaje; En esa misma hora sanó a muchos de enfermedades y plagas, y de espíritus malos, y a muchos ciegos les dio la vista. Y respondiendo Jesús, les dijo: Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mí. ¿Qué tal de nosotros, mis amigos? ¿Hallamos tropiezo en nuestro Señor Jesucristo cuando las cosas no van como nosotros deseamos?

Después, el Señor Jesús dio testimonio de Juan Bautista que antes había dado testimonio de él. Acaso preguntamos en qué sentido el más pequeño en el reino de Dios pueda ser mayor que él. Tiene que ver con la posición en que nos encontramos, perteneciendo al periodo donde el rey es conocido como Salvador de los pecadores, muerto y resucitado. Moralmente Juan Bautista era muy grande de verdad, y vemos que los publicanos y pecadores por recibir su testimonio, también recibían al Señor Jesús. Los fariseos, rechazando el testimonio de Juan acerca de su necesidad de arrepentimiento, también rechazaron y hasta crucificaron al Señor Jesús. No escucharon las lamentaciones de Juan ni tampoco la flauta de la gracia venido por Jesucristo. Por eso, no se puede decir que eran los hijos de la sabiduría. Mas la sabiduría es justificada por todos sus hijos.

Pero vemos al fin del capítulo una de las hijas de sabiduría, aunque fuera una pobre mujer de la ciudad. Digo “pobre” en el sentido espiritual, no necesariamente en lo económico, pues tenía ungüento costoso para ungir al Señor Jesús. Ella era una pecadora, y así se confesaba, así iba a recibir la bendición. Por eso lloraba a los pies de Jesús, semejante a Pedro diciendo apártate de mí porque soy hombre pecador mientras a la vez se le acercaba, sintiéndose bienvenido. El fariseo Simón, se pensaba rico y bueno, pero trataba de Jesús de una forma triste, pues no lo prestaba las cortesías comunes del día. Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies… El pueblo había dicho, después de ver el hijo de la viuda resucitado, Un gran profeta se ha levantado entre nosotros. Pero Simón dijo Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Pero Jesús probaba su autoridad, contestando el pensamiento de Simón, cosas que no decía en voz alta. ¿Quién menos Dios podía contestar sus pensamientos? Y en su respuesta, Jesús daba al fariseo auto-justificado una oferta de tomar su lugar como un deudor, quizás por menos deuda, pero igual y no teniendo con qué pagar. No es cuestión de la cantidad de la deuda; es cuestión de que no somos dignos. No tenemos con que pagar. Nos encontramos bancarrota delante de Dios. El centurión en el principio del capítulo dijo no soy digno. Se confesaba deudor sin con que pagar y recibía la bendición. Así la mujer de la ciudad salió con las palabras de Jesús sonando en sus oídos Tus pecados te son perdonados. Y Tu fe te ha salvado, vé en paz.

¿Qué tal Simón? No sabemos, pues la escritura no nos dice que pasó con él. Por lo menos, los demás que estaban a mesa con Simón decía entre sí ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero tengo esperanza, porque el Señor dijo Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Es obvio que la mujer era deudora de quinientos y Simón de cincuenta. Pero fueron perdonados ambos. Me gustaría pensar que la gracia de Jesús también alcanzaba al corazón duro de este fariseo.

Felipe Fournier
27 marzo de 2022