MEDITACIONES

de     F. F.

Daniel 3, parte 2: Los compañeros de Daniel


Léase por favor Daniel 3


No sabemos dónde estaba Daniel en este capítulo pues seguro si hubiera estado en Babilonia en este momento, su lugar hubiera sido al lado de sus tres amigos fieles. Había sido su fiel líder en el capítulo uno cuando primeramente enfrentaron las dificultades de ser fiel a Dios en una tierra ajena y contraria, en una condición de servidumbre total. Ahora, sin la compañía de Daniel, tenían que enfrentar el mandato del rey de adorar a su ídolo. Sin duda Dios, por motivo de confirmar su fe, planeaba que estuviesen en estos momentos sin el liderazgo de su amigo fiel y atrevido, Daniel. Veremos cómo salieron triunfantes.

“Algunos varones caldeos vinieron y acusaron maliciosamente a los judíos … Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado.” Nunca faltan los maliciosos; estos tres varones no hicieron una exhibición de su rehúso de servir el dios de Nabucodonosor. Pero fueron vistos de los maliciosos que buscaron, sin duda, adelantar a si mismo siendo que los tres hombres estaban en lugares de preeminencia en el reino de Babilonia.

“¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” Así dijo Nabucodonosor al oír las noticias de los tres amigos judíos. No dudo que los tres jóvenes temblaron al estar ante el rey con una amenaza tan terrible. Pero notamos su respuesta “No es necesario que te respondamos sobre este asunto. He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado.” Pienso que es difícil por nosotros entender cuan atrevidos fueron estas palabras, dichas por uno cautivos de Judá al rey más poderoso en todo el mundo. ¡Nadie, pero nadie contradecía a aquel rey!

Breve nota sobre lo que sucede después; “Entonces Nabucodonosor se llenó de ira, y se demudó el aspecto de su rostro…” Para mi hay un bello contrasto al rostro de Esteban en Hechos. “Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.” Un poco después estos consejeros tenían sus rostros tal como el rostro de Nabucodonosor, llenos de ira, crujiendo los dientes contra Esteban.

Para mí la maravilla de su respuesta está en su confianza, todo en contra lo que dijo el rey “¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?” Ellos podían decir “Nuestro Dios … de tu mano, oh rey, nos librará.” De eso ellos estaban totalmente seguros, que pase lo que pasa, este rey Nabucodonosor no los podía tocar. No hablaron aquí del escape del horno de fuego, pues de eso dijeron “si no…” dándonos a entender que no estaban seguros que Dios les iba a librar del horno. Sabían que Dios podía librarlos, pero si o no, no iban a deshonrar a Dios por adorar a un ídolo. Pero en cuanto la mano del rey que no los podía tocar, hablaron de su fe en Dios, Jehová Dios de Israel, a quien honraron, y de su destino eternal. ¿Se da cuenta como estos pobres judíos estaban en mejores condiciones que el rey mismo? ¿Y cuál era la diferencia entre los dos? El rey, con toda la riqueza, todo el poder, todo el honor, se nota que los cautivos de Judá estaban diciendo que estaban en mejores circunstancias que él mismo, lo que a él le enfurecía. No podía aguantar el pensamiento que en el mundo hubiese alguien tan atrevido de decir que estaba más allá que su alcance.

Me hace pensar de las palabras del apóstol Pablo en Hechos 26:29 “Y Pablo dijo: ¡Quisiera Dios que por poco o por mucho, no solamente tú, sino también todos los que hoy me oyen, fueseis hechos tales cual yo soy, excepto estas cadenas!” El pobre prisionero, en la presencia de hombres ricos y poderosos, pronuncia las palabras “¡Ojalá que ustedes tuviesen lo que yo tengo!” Alguien quizás hubiera dicho “Pablo, ¿de qué hablas? ¡Tú no tienes nada!” Ahh, pero si, como los cautivos de Judá, aparentemente más pobre que todos, él tenía todo. El rey dice “¿Que dios será aquel que os libre de mis manos?” Y los jóvenes contestan “Nosotros conocemos aquel Dios, que tú desconoces.”

El rey no iba a aguantar más su osadía y mandó calentar el horno siete veces más que lo normal. “Entonces estos varones fueron atados…y fueron echados dentro del horno de fuego ardiendo.” ¿Qué fue el resultado? El rey vio algo bien extraño y dijo “He aquí yo veo cuatro varones sueltos, que se pasean en medio del fuego sin sufrir ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a hijo de los dioses.” El poder del incendio solo podía soltarlos de sus ataduras y ponerlos en la presencia del “hijo de los dioses” (según Nabucodonosor) y no dudamos que era el mismo Señor Jesucristo que caminaba con ellos en aquel momento.

¿Podemos decir que la presencia del Señor en medio de la prueba era mejor que ser librado de la prueba? ¿Qué hubieran dicho los tres compañeros de Daniel? Pienso yo que hubieran dicho “para nada hubiéramos evitado esta experiencia, tan horrible que parecía antes.” Que sea así en nuestras vidas, tal que no solo aguantamos las pruebas que Dios nos envía, sino que regocijemos en conocer el consuelo y bendición del Señor a través de la prueba.

FELIPE FOURNIER
18 octubre de 2020