El pecado de Acân
(7:16) Josué, pues, levantándose de mañana, hizo allegar á Israel por sus tribus; y fué tomada la tribu de Judá; (7:17) Y haciendo allegar la tribu de Judá, fué tomada la familia de los de Zera; haciendo luego allegar la familia de los de Zera por los varones, fué tomado Zabdi; (7:18) E hizo allegar su casa por los varones, y fué tomado Achân, hijo de Carmi, hijo de Zabdi, hijo de Zera, de la tribu de Judá. (7:19) Entonces Josué dijo á Achân: Hijo mío, da gloria ahora á Jehová el Dios de Israel, y dale alabanza, y declárame ahora lo que has hecho; no me lo encubras. (7:20) Y Achân respondió á Josué, diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y he hecho así y así: (7:21) Que vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un changote de oro de peso de cincuenta siclos; lo cual codicié, y tomé: y he aquí que está escondido debajo de tierra en el medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.
(7:22) Josué entonces envió mensajeros, los cuales fueron corriendo á la tienda; y he aquí estaba escondido en su tienda, y el dinero debajo de ello: (7:23) Y tomándolo de en medio de la tienda, trajéronlo á Josué y á todos los hijos de Israel, y pusiéronlo delante de Jehová. (7:24) Entonces Josué, y todo Israel con él, tomó á Achân hijo de Zera, y el dinero, y el manto, y el changote de oro, y sus hijos, y sus hijas, y sus bueyes, y sus asnos, y sus ovejas, y su tienda, y todo cuanto tenía, y lleváronlo todo al valle de Achôr; (7:25) Y dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los Israelitas los apedrearon, y los quemaron á fuego, después de apedrearlos con piedras; (7:26) Y levantaron sobre él un gran montón de piedras, hasta hoy. Y Jehová se tornó de la ira de su furor. Y por esto fué llamado aquel lugar el Valle de Achôr, hasta hoy”.  Josué 7:16–26
Josué 8:1–29
Israel destruye a Hai
(8:3) Y levantóse Josué, y toda la gente de guerra, para subir contra Hai: y escogió Josué treinta mil hombres fuertes, los cuales envió de noche. (8:4) Y mandóles, diciendo: Mirad, pondréis emboscada á la ciudad detrás de ella: no os alejaréis mucho de la ciudad, y estaréis todos apercibidos. (8:5) Y yo, y todo el pueblo que está conmigo, nos acercaremos á la ciudad; y cuando saldrán ellos contra nosotros, como hicieron antes, huiremos delante de ellos. (8:6) Y ellos saldrán tras nosotros, hasta que los arranquemos de la ciudad; porque ellos dirán: Huyen de nosotros como la primera vez. Huiremos, pues, delante de ellos. (8:7) Entonces vosotros os levantaréis de la emboscada, y os echaréis sobre la ciudad; pues Jehová vuestro Dios la entregará en vuestras manos. (8:8) Y cuando la hubiereis tomado, le prenderéis fuego. Haréis conforme á la palabra de Jehová. Mirad que os lo he mandado.
(8:9) Entonces Josué los envió; y ellos se fueron á la emboscada, y pusiéronse entre Beth-el y Hai, al occidente de Hai: y Josué se quedó aquella noche en medio del pueblo. (8:10) Y levantándose Josué muy de mañana, revistó al pueblo, y subió él, con los ancianos de Israel, delante del pueblo contra Hai. (8:11) Y toda la gente de guerra que con él estaba, subió, y acercóse, y llegaron delante de la ciudad, y asentaron el campo á la parte del norte de Hai: y el valle estaba entre él y Hai. (8:12) Y tomó como cinco mil hombres, y púsolos en emboscada entre Beth-el y Hai, á la parte occidental de la ciudad. (8:13) Y el pueblo, todo el campo que estaba á la parte del norte de la ciudad, colocado ya cerca, y su emboscada al occidente de la ciudad, vínose Josué aquella noche al medio del valle.
(8:14) Lo cual como viese el rey de Hai, levantóse prestamente de mañana, y salió con la gente de la ciudad contra Israel, él y todo su pueblo, para combatir por el llano al tiempo señalado, no sabiendo que le estaba puesta emboscada á las espaldas de la ciudad. (8:15) Entonces Josué y todo Israel, haciéndose vencidos, huyeron delante de ellos por el camino del desierto. (8:16) Y todo el pueblo que estaba en Hai se juntó para seguirlos: y siguieron á Josué, siendo así arrancados de la ciudad. (8:17) Y no quedó hombre en Hai y Beth-el, que no saliera tras de Israel; y por seguir á Israel dejaron la ciudad abierta. (8:18) Entonces Jehová dijo á Josué: Levanta la lanza que tienes en tu mano hacia Hai, porque yo la entregaré en tu mano. Y Josué levantó hacia la ciudad la lanza que en su mano tenía. (8:19) Y levantándose prestamente de su lugar los que estaban en la emboscada, corrieron luego que él alzó su mano, y vinieron á la ciudad, y la tomaron, y apresuráronse á prenderle fuego. (8:20) Y como los de la ciudad miraron atrás, observaron, y he aquí el humo de la ciudad que subía al cielo, y no tuvieron arbitrio para huir ni á una parte ni á otra: y el pueblo que iba huyendo hacia el desierto, se volvió contra los que le seguían. (8:21) Josué y todo Israel, viendo que los de la emboscada habían tomado la ciudad, y que el humo de la ciudad subía, tornaron, é hirieron á los de Hai. (8:22) Y los otros salieron de la ciudad á su encuentro: y así fueron encerrados en medio de Israel, los unos de la una parte, y los otros de la otra. Y los hirieron hasta que no quedó ninguno de ellos que escapase. (8:23) Y tomaron vivo al rey de Hai, y trajéronle á Josué. (8:24) Y cuando los Israelitas acabaron de matar á todos los moradores de Hai en el campo, en el desierto, donde ellos los habían perseguido, y que todos habían caído á filo de espada hasta ser consumidos, todos los Israelitas se tornaron á Hai, y también la pusieron á cuchillo. (8:25) Y el número de los que cayeron aquel día, hombres y mujeres, fué doce mil, todos los de Hai. (8:26) Y Josué no retrajo su mano que había extendido con la lanza, hasta que hubo destruído á todos los moradores de Hai. (8:27) Empero los Israelitas tomaron para sí las bestias y los despojos de la ciudad, conforme á la palabra de Jehová que él había mandado á Josué. (8:28) Y Josué quemó á Hai y redújola á un montón perpetuo, asolado hasta hoy.
(8:29) Mas al rey de Hai colgó de un madero hasta la tarde: y como el sol se puso, mandó Josué que quitasen del madero su cuerpo, y lo echasen á la puerta de la ciudad: y levantaron sobre él un gran montón de piedras, hasta hoy.  Josué 8:1–29
La semana pasada notamos como el pecado de Acán afectaba a todos los demás de Israel, hasta causar la muerte de 36 hombres que cayeron bajo la espada de los hombres de Hai. Junto con el pecado de Acán, hubo también una sobre confianza en sí mismo; ni siquiera Josué consultaba a Jehová para ver cómo enfrentar la pequeña ciudad de Hai. Así su caída delante de sus enemigos no nos debe sorprende pero si nos sirve como advertencia. Este mundo nos ensucia y tenemos que regresar al trono de gracia diariamente para buscar y hallar gracia. “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión… Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro”. Hebreos 4:14-16
¿Aprovechaba Acán su manto babilónico muy bueno? ¿Se podía vestirse con ello? ¿Podía hacer compras con el oro y plata que robaba? ¿Qué hacía con sus cosas? “he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello”. ¡En medio de su tienda! ¿Qué pensaban los niños o la esposa al ver lo que hacía el papa, el marido? Papa, ¿Qué estás haciendo, escavando un hoyo en medio de la tienda a esta hora de la noche? ¿Acaso contestaba que estaba tratando de cubrir un pecado grave, o más bien decía algunas excusas mientras les decía que guardaren silencio para no decírselo a sus amigos? No sabemos, pero tristemente involucraba a su familia en su pecado, y ellos tuvieron que perecer en el juicio con él. Así el pecado de Acán causó la muerte no solo de 36 hombres de Israel, sino también a toda su familia, hasta sus animales. “Y le dijo Josué: ¿Por qué nos has turbado? Túrbete Jehová en este día. Y todos los israelitas los apedrearon, y los quemaron después de apedrearlos”.
La muerte de apedrear involucraba a cada quien, que tenía que levantar la piedra y tirar. Vivimos, no bajo la ley cuya letra era tan fuerte que en el caso de Acán, la disciplina era la muerte. En el día de la gracia, su lección es una lección espiritual aunque tiene su aplicación también práctica, por supuesto nunca para la muerte pero si a veces algo que parece ser fuerte. Su lección espiritual es cuestión del ejercicio de cada cual en cuanto el pecado cometido. En la asamblea muchas veces nos pena ejecutar la disciplina, pues sentimos en cada corazón el mismo pecado que allí tiene raíces. Igual cuando disciplinamos a nuestros hijos, sentimos el mal en nuestros propios corazones. Es bien desagradable esta cosa, pero a la vez nos damos cuenta de su necesidad. “Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor”. Efesios 6:4 Y también Hebreos 12 nos enseña “Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina”?
Estos versículos tratan con la disciplina en la familia y también la disciplina individual que Dios Padre usa en cada uno de nosotros que somos sus hijos. La aplicación en la asamblea puede tener varios niveles. “Pero estoy seguro de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, de tal manera que podéis amonestaros los unos a los otros”. 1 Corintios 15:14 Este nivel quizás es la disciplina más ligera, que toma la forma de amonestación. En 2 Tesalonicenses 3 leemos de un ejemplo de un hermano que no quiere trabajar y como se debe tratar a tal persona. “Pero os ordenamos, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la enseñanza que recibisteis de nosotros”. La forma de disciplina más severa se nota en 1 Corintios 5; “De cierto se oye que hay entre vosotros fornicación, y tal fornicación cual ni aun se nombra entre los gentiles; tanto que alguno tiene la mujer de su padre. Y vosotros estáis envanecidos. ¿No debierais más bien haberos lamentado, para que fuese quitado de en medio de vosotros el que cometió tal acción”? La lamentación mencionada nos hace pensar de la necesidad de arrepentimiento de parte de la asamblea, como hubo con Israel, pues dijo Jehová a Josué “…Israel ha pecado” aunque el pecado en si había sido cometido por Acán.
No es necesario que repasemos detalladamente como Israel, después de purgarse del pecado de Acán, pudo conquistar a los de Hai, pero quizás es suficiente decir que Jehová esta vez explicaba exactamente como debían de proceder y como habían de irse; “Jehová dijo a Josué: No temas ni desmayes; toma contigo toda la gente de guerra … ”. No iba a ver esta vez el orgullo de ir nada más unos cuantos, ni tampoco el proceder según sus propios pensamientos. No era para nada como habían ganado la victoria sobre Jericó. Así nosotros necesitamos cada día la instrucción divina. No es suficiente decir que las batallas de hoy son muy semejantes a las de ayer y así ya sabemos que hacer. El trono de gracia es siempre disponible y siempre necesario, como también la lectura de la palabra de Dios. Hoy día estábamos leyendo en los profetas minores (Sofonías 1), donde he leído muchas veces antes, pero no me acuerdo este versículo que leemos hoy; “y a los que se apartan de en pos de Jehová, y a los que no buscaron a Jehová, ni le consultaron … . castigaré a los hombres que reposan tranquilos como el vino asentado, los cuales dicen en su corazón: Jehová ni hará bien ni hará mal”. Así es el hombre orgullos en el día de hoy pues no creen que Dios se preocupe por este mundo nada. Nosotros, por su gracia, sabemos mejor. “¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas”? Romanos 8:31-32
30 julio de 2017