Dios prospera a José en Egipto
Integridad de José
(39:13) Y acaeció que cuando vió ella que le había dejado su ropa en sus manos, y había huído fuera, (39:14) Llamó á los de casa, y hablóles diciendo: Mirad, nos ha traído un Hebreo, para que hiciese burla de nosotros: vino él á mí para dormir conmigo, y yo dí grandes voces; (39:15) Y viendo que yo alzaba la voz y gritaba, dejó junto á mí su ropa, y huyó, y salióse fuera. (39:16) Y ella puso junto á sí la ropa de él, hasta que vino su señor á su casa. (39:17) Entonces le habló ella semejantes palabras, diciendo: El siervo Hebreo que nos trajiste, vino á mí para deshonrarme; (39:18) Y como yo alcé mi voz y grite, él dejó su ropa junto á mí, y huyó fuera. (39:19) Y sucedió que como oyó su señor las palabras que su mujer le hablara, diciendo: Así me ha tratado tu siervo; encendióse su furor.
José encarcelado
(39:21) Mas Jehová fué con José, y extendió á él su misericordia, y dióle gracia en ojos del principal de la casa de la cárcel. (39:22) Y el principal de la casa de la cárcel entregó en mano de José todos los presos que había en aquella prisión; todo lo que hacían allí, él lo hacía. (39:23) No veía el principal de la cárcel cosa alguna que en su mano estaba; porque Jehová era con él, y lo que él hacía, Jehová lo prosperaba”. (Génesis 39:1-23)
Vamos a sobrepasar el capítulo 38, aunque no dudo que hay instrucciones de beneficio por nosotros en el capítulo. Solo quería mencionar lo de Judá, el hermano cuya idea era vender a José. Se encuentra en el capítulo actuando con la misma hipocresía de sus hermanos Simeón y Levi, quienes cometieron homicida de ochenta y cinco hombres con el dicho “¿Había él de tratar a nuestra hermana como a una ramera”? Judá, después de haber entrado a una mujer que se fingía ramera (pero era en verdad su nuera) dijo que ella fuera muerta. “Sucedió que al cabo de unos tres meses fue dado aviso a Judá, diciendo: Tamar tu nuera ha fornicado, y ciertamente está encinta a causa de las fornicaciones. Y Judá dijo: Sacadla, y sea quemada”. ¡Pero Judá era el padre! Así el hombre, caminando lejos de Dios, puede pretender cierta justicia pero se ve como hipocresía.
En nuestro capítulo vemos un gran contraste de José con su hermano Judá. José tenía, por decirlo así, gran motivo para ser amargo y rebelde. Había sido tratado bien mal por sus hermanos y a pesar de su buen comportamiento, Dios no le había protegido de un acontecimiento muy feo. Aislado de su familia y vendido como esclavo, ¿iba a comportarse como cualquier siervo? No, pues José en verdad temía a Jehová y eso afectaba su comportamiento. José vivía siempre bajo el sentimiento que Dios le estaba mirando. Daniel en sus sueños vio a tal persona; “Veía en las visiones de mi cabeza en mi cama, y he aquí que un vigilante y santo descendía del cielo”. Dan 4:13 Veremos como la vida de José se regulaba a través del entendimiento del vigilante y santo Dios.
“Jehová estaba con José, y fue varón próspero; y estaba en la casa de su amo el egipcio. Y vio su amo que Jehová estaba con él, y que todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano. Así halló José gracia en sus ojos, y le servía; y él le hizo mayordomo de su casa y entregó en su poder todo lo que tenía”. ¿José era varón próspero? ¿Qué tipo de prosperidad era eso? Claro que no era prosperidad económica. Era una prosperidad espiritual. Vemos en eso un prototipo de la vida del Señor Jesús, como la ofrenda de flor de harina, en todo sentido aceptable a Dios, que no purgaba el pecado sino manifestaba el ejemplo perfecto. Claro que José no era perfecto; solo el Señor Jesús en su vida aquí llegaba a esta meta. Pero la Biblia no menciona sus faltas pues es prototipo del Señor Jesús.
Después a José se le presenta una tentación muy fuerte. La esposa de su amo Potifar lo veía con ojos de lascivia y deseo y le dijo “duerme conmigo”. No dudo que era un joven bien guapo, fuerte y amigable. “Y era José de hermoso semblante y bella presencia”. No dudo tampoco que la esposa de Potifar era una mujer bien bella. Pero José era sensible de dos cosas importantes; primero, que su amo le confiaba cien por ciento. “He aquí que mi señor no se preocupa conmigo de lo que hay en casa, y ha puesto en mi mano todo lo que tiene. No hay otro mayor que yo en esta casa, y ninguna cosa me ha reservado sino a ti, por cuanto tú eres su mujer”. Pero lo más importante para José era su relación con Dios. “¿cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios”?
José había encontrado el secreto de una vida intachable; respeto a los hombres y la vida en la presencia de Dios. No dudo que José, como un joven con deseos normales y con su distanciamiento de su familia y los placeres de su vida anterior, sentía la tentación. Pero no se dejaba llevarse por ella. Y no era una sola tentación, sino algo que le pasó día tras día. “Hablando ella a José cada día, y no escuchándola él para acostarse al lado de ella, para estar con ella”.
Pagó caro por su constancia. La mujer malvada, que quería a José en una forma pecaminosa, no le gustaba para nada su rechazo y buscaba su venganza. Lo encontró cuando intentaba atrapar a José y José hizo su fuga, dejando su ropa atrás. Echó mentiras contra José, acusándole de haber intentado lo que ella en verdad buscaba. “El siervo hebreo que nos trajiste, vino a mí para deshonrarme. Y cuando yo alcé mi voz y grité, él dejó su ropa junto a mí y huyó fuera. Y sucedió que cuando oyó el amo de José las palabras que su mujer le hablaba, diciendo: Así me ha tratado tu siervo, se encendió su furor. Y tomó su amo a José, y lo puso en la cárcel”. Así sufría a pesar de hacer bien, no diciendo nada sino aceptando su castigo injusto sin quejas. Pensamos del Señor Jesucristo quien sufría mucho más. “El cual no hizo pecado, ni fué hallado engaño en su boca: Quien cuando le maldecían, no retornaba maldición: cuando padecía, no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga justamente”. 1 Pedro 2:22-23
¡O que nosotros sigamos sus pisadas!
3 agosto de 2014