“Porque yo Jehová no cambio; por esto, hijos de Jacob, no habéis sido consumidos”. La semana pasada meditamos sobre la primera parte de este capítulo, como los judíos esperaban con anhelo la venida del Mesías, pero solo con el pensamiento que iban a ser librados de la servidumbre de los gentiles. No figuraban que el Mesías venía con la demanda para arrepentimiento, y así el ministerio de Juan el Bautista era “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado”. Mateo 3:2 Pero la promesa de Jehová era “yo no cambio”. Era cierto que la justicia de Dios es una cosa eterna. Pero no cambiaba tampoco su misericordia y por eso no habían sido consumidos.
“Desde los días de vuestros padres os habéis apartado de mis leyes, y no las guardasteis. Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mas dijisteis: ¿En qué hemos de volvernos”? ¿Qué es el arrepentimiento? Quiere decir cambiar de parecer o cambiar de dirección. Volver, en otras palabras, a Jehová. Pero su respuesta fue “¿En qué hemos de volvernos”? Según ellos, no habían apartado de Jehová y allí estaba su problema. Era necesario primeramente reconocer que habían sido negligentes de los derechos de Jehová pero como hemos visto una y otra vez, cuando se les enfrentaba lo que el profeta Malaquías dijo, contestaron ¿En qué …?
“¿Robará el hombre a Dios? Pues vosotros me habéis robado. Y dijisteis: ¿En qué te hemos robado? En vuestros diezmos y ofrendas”. Recién he estado meditando sobre los Levitas, como ellos fueron apartados para el servicio de Dios. Pero en el tiempo de Nehemías, vemos que los Levitas tenían que trabajar en el campo en vez de servir en el templo por la falta de apoyo de parte del pueblo. “Entendí asimismo que las partes de los Levitas no se les habían dado; y que los Levitas y cantores que hacían el servicio se habían huído cada uno á su heredad. Y reprendí á los magistrados, y dije: ¿Por qué está la casa de Dios abandonada? Y juntélos, y púselos en su lugar. Y todo Judá trajo el diezmo del grano, del vino y del aceite, á los almacenes”. Neh 13:10-12 En aquel tiempo, quizás unos cincuenta años antes del tiempo de Malaquías, Nehemías había podido obligar al pueblo apoyar a los Levitas. Pero su corazón no estaba por hacerlo.
No tenemos en el cristianismo el diezmo pues no estamos bajo la ley. Pero es interesante como el uso del dinero refleja muchas veces el estado de nuestras almas. Fue así con los judíos; evitaban cuando podían el diezmo, y la ofrenda no daban, o si se la daban, nada más daban lo que no les valían, como vimos en el capítulo 1 de Malaquías. Y como he mencionado antes, el robar a Dios no es necesariamente solo el dinero. Puede ser también nuestro tiempo. Recién un hermano me contó con bastante tristeza haber escuchado a una hermana avisando a otra hermana “no es necesario siempre asistir a las reuniones, pues no hay escritura que nos obliga hacerlo”. Bueno, el hermano mencionaba como escrituras que apoyan la asistencia a las reuniones Hechos 2:42 “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la comunión, y en el partimiento del pan, y en las oraciones”. Y también Hebreos 10:25 “No dejando nuestra congregación, como algunos tienen por costumbre, mas exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”. Pero también hay esta pregunta “¿Robará el hombre a Dios”?
La ofrenda, o por lo menos algunos de ellos, era “ofrenda voluntaria”. “Si su ofrenda fuere holocausto vacuno, macho sin defecto lo ofrecerá; de su voluntad lo ofrecer a la puerta del tabernáculo de reunión delante de Jehová”. Levítico 1:3 Es cierto que los versículos mencionados arriba no nos obligan asistir la reunión. Pero yo hago la pregunta ¿Qué tal del deseo de corazón de estar donde el Señor esta? David no obligaba a sus valientes que fueron a recogerle agua del pozo de Belén. “Y David tuvo deseo, y dijo: ¡Quién me diera á beber del agua de la cisterna de Beth-lehem, que está á la puerta! Entonces los tres valientes rompieron por el campo de los Filisteos, y sacaron agua de la cisterna de Beth-lehem, que estaba á la puerta; y tomaron, y trajéronla á David”. 2 Sam 23:15-16 Tal cosa fue un sacrificio tan sagrado que David lo ofreció a Jehová pero nunca se le olvidó del corazón que movía aquellos valientes. ¿No deseamos nosotros ser como ellos, en vez de decir “cuál es la escritura que me obliga asistir a las reuniones”?
¡Que el Señor nos ayude reflejar sobre nuestros caminos, mis amados lectores!
8 de septíembre de 2013