La semana pasada dejamos al profeta arrepentido en la orilla del mar, vomitado allí por el gran pez, por la palabra de Jehová. No se cuales eran los pensamientos de Jonás, en aquel momento. Quizás pensaba que Jehová hubiera cambiado de parecer, para no enviarle otra vez a Nínive, donde obviamente no quiso ir. Pero no, la desobediencia, la fuga, y la experiencia tan terrible de Jonás no había cambiado nada. “Vino palabra de Jehová por segunda vez a Jonás, diciendo: Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré. Y se levantó Jonás, y fue a Nínive conforme a la palabra de Jehová”.
No nos dice, pero imagino que el hombre que aprecio después en las puertas de la ciudad de Ninive era un hombre con aspecto raro y espantoso. El hombre que fue tragado por la ballena, de quien escribí hace dos semanas, pasó el resto de su vida con piel blanco como la nieve. El acido del estomago de la ballena le había sacado de su piel todo su color. No es necesario que fuera así con Jonás, siendo que el gran pez fue preparado especialmente por Jehová, pero creo que es posible. Sea como sea, su sermón de pocas palabras con ningún mensaje de misericordia fue escuchado y creído en una manera que no se ha duplicado en la historia del hombre. He pensado que le prestaron mucha atención quizás por su aspecto raro.
“Y comenzó Jonás a entrar por la ciudad, camino de un día, y predicaba diciendo: De aquí a cuarenta días Nínive será destruida”. Fue un sermón de ocho palabras, sin mención de un Dios de amor, de un Dios de misericordia. Solo había la pronunciación de un tiempo, cuarenta días. Los hombres que escucharon y creyeron el mensaje, vieron en esto la posibilidad que Dios fuera un Dios de misericordia, cosa que Jonás conocía demasiado bien, habiendo acabado de experimentarlo personalmente, y habiendo visto como Jehová había tratado con Israel, a pesar de su maldad y desobediencia. Pero, ¡que gran contraste el mensaje que usted y yo, querido lector, tenemos para proclamar! No solo la posibilidad que Dios sea misericordioso, sino la promesa de perdón de pecados, a través del sacrificio de su único hijo. “Mas aquel a quien Dios levantó, no vio corrupción. Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree”. Hechos 13:37-39 Este es el mensaje glorioso que nosotros conocemos, mis amados lectores. ¡Que seamos mas fieles anunciando tan buenas nuevas!
“Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos”. Se nota que la fe produjo en ellos el arrepentimiento. Era poco lo que ellos sabían de Jehová Dios. Ellos eran idolatras antes. Tenían sus ídolos de piedra, oro, y plata pero cuando escucharon el mensaje de Jonás, se dieron cuenta que hablaba la verdad de una fuente confiable y verdadero. “¿Quién sabe si se volverá y se arrepentirá Dios, y se apartará del ardor de su ira, y no pereceremos”? Que bueno que nosotros no tenemos que decir “¿Quién sabe … ”? Como Pablo en Hechos 13, podemos decir “en él es justificado todo aquel que cree”.
“Y vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino; y se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo”. Jonás, testigo de la misericordia de Dios, no podía compartir en el gozo del pueblo de Nínive por haber sido salvado de la destrucción. Había hablado de la ira de Dios, esperaba y quería que la ira de Dios cayese sobre aquella ciudad. No hablaba de la salvación, y no la quiso para ellos. Pero los pensamientos de Dios son lejos de los pensamientos de los hombres. Dios mediante veremos esto la semana que viene.
4 de marzo de 2012