La semana pasada dejamos la historia de Naamán viniendo a la casa de Eliseo después de haber ido al rey de Israel, equivocadamente, con mucho dinero y pompa. Ahora, esta en el lugar correcto, pero con el mismo espíritu de orgullo. “Y vino Naamán con sus caballos y con su carro, y se paró a las puertas de la casa de Eliseo”. Eliseo, con la sabiduría de Dios, sabe que no hay porque encontrarse con Naamán en esta soberbia. “Entonces Eliseo le envió un mensajero, diciendo: Vé y lávate siete veces en el Jordán, y tu carne se te restaurará, y serás limpio”. ¿Quién fue el mensajero que trajo este mensaje simple a Naamán? No dudo yo que era el mismo Giezi, a quien vamos a considerar más tarde. Pero creo que la simplicidad del mensaje debe de ser de mucha instrucción a nosotros, pues nosotros tenemos semejante mensaje ni complicado ni difícil de entender. En las palabras del apóstol Pablo “Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree”. Hechos 13:38-39
Pero el orgulloso Naamán se puso ofendido con el mensaje, lavarse siete veces en el rio lodoso de Jordan. Y así el mensaje de la salvación, perdón de pecados, por fe en el Señor Jesucristo es necesidad al hombre carnal. “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”. 1 Corintios 1:18. Locura también era el mensaje de Eliseo a Naamán, quien de antemano había decidido como Eliseo debería haber curado su lepra. “Y Naamán se fue enojado, diciendo: He aquí yo decía para mí: Saldrá él luego, y estando en pie invocará el nombre de Jehová su Dios, y alzará su mano y tocará el lugar, y sanará la lepra”. No era suficiente para el tal cosa, de lavarse en aquel rio para sanarse. No, él quería un espectáculo, algo admirable y glorioso. Se fue enojado cuando no sucedió así.
Qué bueno por Naamán que tuvo más personas interesadas en su salud y bienestar, que le podía hablar tranquilamente como podía simplemente obedecer y recibir la bendición. A veces es mejor cuando uno se enoja, escuchando el evangelio, que uno que es nada más indiferente. Por lo menos había una reacción, que indica que su conciencia había sido tocada. Y los siervos, quienes también habían escuchado el mensaje, le hablan con simplicidad y ternura. “Mas sus criados se le acercaron y le hablaron diciendo: Padre mío, si el profeta te mandara alguna gran cosa, ¿no la harías? ¿Cuánto más, diciéndote: Lávate, y serás limpio?” Alguna cosa grande interesa al hombre en la carne, pero solo la fe podía aprovechar “lávate, y serás limpio”.
Naamán, entonces, abandonó su orgullo y se lavó en las aguas del Jordan, siete veces como había sido instruido, y salió limpio, su piel como piel de un niño. Este cambio no era solamente externo, sino algo le había pasado muy fuerte, un cambio en su persona. “Y volvió al varón de Dios, él y toda su compañía, y se puso delante de él, y dijo: He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel”. ¿Dónde está ahora los caballos y el carro? Acaso estaban allí todavía pero no se menciona. El hombre orgulloso ahora es un hombre humilde, estando delante del profeta sin la pompa y gloria de antes. Naamán ahora quiso dar grandes cosas a Eliseo, pero Eliseo rehusaba. No iba a falsificar la gracia. “Mas él dijo: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré. Y le instaba que aceptara alguna cosa, pero él no quiso”. Entonces Naamán se da cuenta de en vez de dar, él tiene que recibir. “Entonces Naamán dijo: Te ruego, pues, ¿de esta tierra no se dará a tu siervo la carga de un par de mulas? Porque de aquí en adelante tu siervo no sacrificará holocausto ni ofrecerá sacrificio a otros dioses, sino a Jehová”.
¿Quién le ha dicho a Naamán que debe abandonar a sus dioses falsos? ¡Nadie! Pero de una vez, limpiado de su lepra, se da cuenta de la imposibilidad de continuar con su idolatría después de haber sido curado. ¿Cómo iba a regresar a la adoración de dioses falsos que no le habían podido ayudar en su necesidad? Y además, muestra la sensibilidad de conciencia que no quería entrar de nuevo en el templo de Rimon. “En esto perdone Jehová a tu siervo: que cuando mi señor el rey entrare en el templo de Rimón para adorar en él, y se apoyare sobre mi brazo, si yo también me inclinare en el templo de Rimón; cuando haga tal, Jehová perdone en esto a tu siervo. Y él le dijo: Ve en paz”. ¿Cree usted que Naamán volvió a entrar en el templo de Rimón? Yo creo que no.
Dios mediante la semana que viene consideraremos el siervo de Eliseo, Giezi, y su triste fin.
9 de octubre de 2011