Hasta ahora en nuestra historia de Eliseo hemos visto a Eliseo tratando solo con el pueblo de Israel. Pero siendo que vemos en Eliseo ejemplos maravillosos de la gracia inmerecida, no debe de ser de sorpresa viendo ahora que va a tratar con un pagano; Naamán, capitán del ejército de uno de los viejos y peores enemigos de Israel. “Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso”. ¿Jehová daba salvación a Siria? ¡Que palabras tan raras! Pero vemos como la nación de Israel iba perdiendo su lugar de preeminencia como el pueblo de Dios, y vemos prefigurado en Naamán el futuro día de gracia, cuando Dios iba a tratar con los gentiles.
Naamán era hombre de muchas cualidades admirables, hablando humanamente. Tenía fama, dinero, valentía, y éxito en su carrera, todas las cosas que el mundo anhela tener hasta el día de hoy. Sin embargo, ¿de que valía todo esto, dado las palabras con que termina la descripción de aquel hombre? “Pero leproso”. Son palabras que hacen inútiles todo lo anterior. La sentencia de muerte había en estas palabras, y no una muerte gloriosa como un soldado muriendo en la batalla con enemigos, sino una muerte cruel y fea, el cuerpo deshaciéndose poco a poco, desfigurando y haciendo repugnante aquel hombre con tantas cualidades admirables. Así vemos en la lepra la figura del pecado, mortal en sus consecuencias, una enfermedad que el mundo no puede curar ni disfrazar, y su fin siempre lo mismo, la muerte. “Porque el pago del pecado es la muerte … ”. Romanos 6:23
Pero pasamos por el momento de un hombre grande a una niña de mucha fe y amor. “Y de Siria habían salido bandas armadas, y habían llevado cautiva de la tierra de Israel a una muchacha, la cual servía a la mujer de Naamán. Esta dijo a su señora: Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra”. ¡Cuántas veces hemos sido instruidos de los niños, nosotros adultos! ¿Dónde está la malicia y el rencor, tan común en personas mayores, en esta niña que había sido arrancado de su hogar y esclavizado por el mismo Naamán? Pero no solo es que ella era una niña; más bien, ella era una niña de fe en Dios en un día de la decadencia y ruina de la nación de Israel. Seguro que ella fue criada en una familia, bastante rara en aquel día, que conocía la obra de Jehová a través de su siervo Eliseo. Pero ella nunca hubiera podido saber que Eliseo curase a los leprosos, pues nos cuenta en Lucas 4:27 “Y muchos leprosos había en Israel en tiempo del profeta Eliseo; pero ninguno de ellos fue limpiado, sino Naamán el sirio”. Así vemos en las palabras de esta niña el mensaje de amor y bondad que usted y yo tenemos el privilegio de proclamar en el día de hoy; el hombre muriendo de aquella enfermedad, la muerte, tiene un remedio perfecto y seguro en la sangre de Cristo. “La sangre de Jesucristo su hijo nos limpia de todo pecado”. 1 Juan 1:7.
¡Qué bueno si nosotros seamos mensajeros fieles como esta niña! Ella mostraba la gracia, como la gracia que vino por Jesucristo. La ley decía “Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo”. Pero ella no aborrecía a su enemigo, Naamán y su familia, sino mostraba amor y compasión. Así ella cumplía lo que Jesucristo iba a ensenar tantos años después: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. Mateo 5:43-44 Nosotros que vivimos en el día de la gracia debemos ser mejores testigos de la gracia abundante que hay disponible a todo hombre.
No es de tanta sorpresa ver como el mensaje fiel y detallado de la niña fue mal interpretado por el rey y también Naamán. Un rey no quería la forma humilde y sencilla, obedeciendo por completo la sugerencia de la niña, que Naamán fuera al profeta de Samaria. No, un hombre grande quiere comunicar con su carta a otro hombre grande, no con un hombre desconocido. Y así el hombre en su pecado, aunque se diera cuenta de su condición tan triste, en vez de buscar el remedio que Dios ofrece, va buscando otra forma menos humilde y más conforme a sus propios pensamientos. Pero la carta de un rey a otro rey no iba a afectar el remedio, y el rey de Israel, hombre corrupto y sin fe en Dios, no podía ver en la carta otra cosa menos mas humillación delante de aquel hombre que le había conquistado el la batalla varias veces antes. “Luego que el rey de Israel leyó las cartas, rasgó sus vestidos, y dijo: ¿Soy yo Dios, que mate y dé vida, para que éste envíe a mí a que sane un hombre de su lepra? Considerad ahora, y ved cómo busca ocasión contra mí”.
Si Dios no hubiera trabajado independientemente, este hombre hubiera vuelto a Siria sin la bendición que buscaba. Y así es también en el día de hoy; solo por la obra del Espíritu Santo puede el hombre sentir ambos su necesidad y la única forma de salvación disponible. “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere”. Juan 6:44 Así Eliseo (por cual forma no estamos enterados) escuchó de la perturbación del rey impío, y ofreció el remedio al pagano Naamán. “¿Por qué has rasgado tus vestidos? Venga ahora a mí, y sabrá que hay profeta en Israel”.
Vamos a continuar esta historia tan interesante y llena de instrucción la semana que viene, Dios mediante.
2 de octubre de 2011