La semana pasada dejamos la mujer con su hijo muerto, yaciendo en la cama de Eliseo. “Llamando luego a su marido, le dijo: Te ruego que envíes conmigo a alguno de los criados y una de las asnas, para que yo vaya corriendo al varón de Dios, y regrese. Él dijo: ¿Para qué vas a verle hoy? No es nueva luna, ni día de reposo. Y ella respondió: Paz.” ¿Por qué no dijo la mujer a su marido “nuestro hijo ha muerto”? No estoy seguro pero parece que su tristeza y su esperanza eran a la vez tan grandes que no se pudo comunicar con su marido. Era algo que solo se podía compartir con el varón de Dios, Eliseo. Y se nota que su marido enfocaba nada más en lo religioso. “Nueva luna o día de reposo” son las cosa que él piensa en cuanto el varón de Dios. ¿Y qué de usted, amado lector? ¿Su comunión con el Señor Jesús, es algo de toda la vida como era con la mujer sunamita (en el prototipo, por lo menos)? ¿O es más bien como su marido, que solo pensaba en las cosas de Dios en forma exterior, el día domingo para Dios y seis días exclusivamente dedicados a otros intereses?
La mujer contestó a su marido “paz”. No explicó nada más, ni le dijo la verdad de su condición tan deprimida pero en realidad veo en la palabra que ella no estaba desesperada. “Y cuando el varón de Dios la vio de lejos, dijo a su criado Giezi: He aquí la sunamita. Te ruego que vayas ahora corriendo a recibirla, y le digas: ¿Te va bien a ti? ¿Le va bien a tu marido, y a tu hijo? Y ella dijo: Bien”. Aquí veo de nuevo la fe de la mujer, aunque mezclado con temor y angustia. ¿Estaba el hijo bien? Pues, estaba muerto, y su angustia se manifiesta cuando llega al varón de Dios. “Luego que llegó a donde estaba el varón de Dios en el monte, se asió de sus pies. Y se acercó Giezi para quitarla; pero el varón de Dios le dijo: Déjala, porque su alma está en amargura, y Jehová me ha encubierto el motivo, y no me lo ha revelado”. Al principio la mujer, acongojada y angustiada, no podía ni siquiera hablar, y cuando empezó a hablar, sus palabras era algo duras. “Y ella dijo: ¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo que no te burlases de mí”?
Para mi es notable que no fue reprendida la mujer por Eliseo, por haber dicho palabras tan fuertes. Mis amados amigos, a veces cuando estamos angustiados, cosas pasan los labios que no se deben, pero hay que tener paciencia y misericordia. Lo que la mujer necesitaba era compasión en este momento, no reprensión por su falta de fe. Ella confiaba, pero a la vez había sufrido un golpe demasiado fuerte. Su hijo, que había esperado tanto tiempo, estaba muerto, y dándose cuenta de esta verdad, Eliseo no iba a tomar en serio sus palabras descuidadas. Ella por su parte no iba a dejar a Eliseo hasta que fuera con ella a ver el hijo muerto. “Entonces dijo él a Giezi: Ciñe tus lomos, y toma mi báculo en tu mano, y ve; si alguno te encontrare, no lo saludes, y si alguno te saludare, no le respondas; y pondrás mi báculo sobre el rostro del niño. Y dijo la madre del niño: Vive Jehová, y vive tu alma, que no te dejaré”. Giezi era siervo de Eliseo, pero como veremos más tarde, era realmente interesado solo en las cosas terrenales que su asociación con Eliseo le podía traer. Tengo pensado que la mujer estaba consciente de que sus ministraciones no iban a ser exitosas.
“Y venido Eliseo a la casa, he aquí que el niño estaba muerto tendido sobre su cama. Entrando él entonces, cerró la puerta tras ambos, y oró a Jehová. Después subió y se tendió sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, y sus ojos sobre sus ojos, y sus manos sobre las manos suyas; así se tendió sobre él, y el cuerpo del niño entró en calor”. Veo aquí Eliseo como ejemplo de un siervo fiel, o sea, un pastor entre el pueblo de Dios. Antes no había entendido la mujer y sus sufrimientos, pero ahora, él se identifica totalmente con el niño muerto y la tristeza de la mujer. Así que, si nosotros queremos ser de ayuda a nuestros hermanos, es necesario que acerquemos y arriesgamos experimentar también las tristezas que ellos sufren. Dios en su misericordia entonces volvió a dar vida al hijo muerto.
“Y entrando ella, él le dijo: Toma tu hijo. Y así que ella entró, se echó a sus pies, y se inclinó a tierra; y después tomó a su hijo, y salió”. Veo algo muy maravilloso aquí, que otra vez enseña la fe de la mujer. ¿Por qué, en vez de entrar y correr a su hijo para abrazarlo, se echó a los pies de Eliseo primeramente? Para mi es la expresión que Jehová fue todo por ella, no como su marido que solo consideraba las cosas a través de la religión. Veo muy posible que el marido, habiendo salido de la mañana con su hijo, sabiendo nada más que tenía dolor de cabeza, pero volviendo a la casa vio a su hijo todo sano, nunca se dio cuenta que el hijo había muerto y resucitado. En cambio, la mujer había sufrido mucho en aquel día, pero había tenido el gran privilegio de conocer a Jehová como el Dios de resurrección. ¿Quién de los dos tuvo el mejor suerte?
11 de septiembre de 2011