La semana pasada meditamos acerca del mensaje que tenían los cuatro leprosos, muy buenas noticias que no iban a guardar solo para ellos mismos. Y así nosotros, tenemos buenas noticias para un mundo acostumbrado siempre a las malas, las noticias del cielo abierto para recibir cualquier pecador que quiere escapar el juicio que ha de venir. ¿Pero han de ser creídos y recibidos tales noticias? Es muy común la recepción del rey de Samaria, el “hijo del homicida” que hace poco intentaba matar a Eliseo. “Y se levantó el rey de noche, y dijo a sus siervos: Yo os declararé lo que nos han hecho los sirios. Ellos saben que tenemos hambre, y han salido de las tiendas y se han escondido en el campo, diciendo: Cuando hayan salido de la ciudad, los tomaremos vivos, y entraremos en la ciudad”.
Aquí encontramos el razonamiento humano, que en vez de creer con una fe simple, buscan entender y racionalizar las cosas de Dios. El hombre en sí mismo no cree que Dios sea bueno, que Dios sea amor, y que Dios quiera salvar al hombre. Un hombre famoso, bien conocido como uno de los más inteligentes y ganador del premio Nobel en la física, el judío Alberto Einstein, entendió que “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Pero lastimosamente también pensaba que este Dios, después de haber creado el mundo, lo abandonó para que siguiera de su forma. El no conocía a un Dios de amor, que entregó a su propio hijo, la prueba de su amor infinito, para redimir el hombre que era rendido a su pecado. Así el rey, desconociendo a Jehová a pesar del ministerio fiel de Eliseo que una y otra vez había mostrado la gracia, que en tiempos pasados había sido instrumento de la salvación del mismo rey de los mismos sirios, se pone a razonar. Tiene que ser una trampa, dice él. Pero por lo menos, se levantó de noche, así mostrando algo de interés en las noticias. Así damos gracias a Dios cada vez que uno recibe un calendario o un tratado, pues quizás sea el empiezo de la obra de Dios en sus almas.
Un siervo del rey, tal como los siervos de Naamán, le da un aviso para verificar las noticias. “Entonces respondió uno de sus siervos y dijo: Tomen ahora cinco de los caballos que han quedado en la ciudad (porque los que quedan acá también perecerán como toda la multitud de Israel que ya ha perecido), y enviemos y veamos qué hay”. Habían sacrificado la gran mayoría de los caballos al hambre del pueblo y parece que se quedaban nada más que dos caballos pues no fueron los cinco sino solo dos. Dos testigos iban a haber de lo que Dios había hecho. Dijo Jesucristo a los fariseos incrédulos “Y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo soy el que doy testimonio de mí mismo, y el Padre que me envió da testimonio de mí” Juan 8:17-18 Pero había más testimonio. “Mas yo tengo mayor testimonio que el de Juan; porque las obras que el Padre me dio para que cumpliese, las mismas obras que yo hago, dan testimonio de mí, que el Padre me ha enviado” Juan 5:36
Los testigos fueron y encontraron tal como los leprosos habían proclamado. “Y ellos fueron, y los siguieron hasta el Jordán; y he aquí que todo el camino estaba lleno de vestidos y enseres que los sirios habían arrojado por la premura. Y volvieron los mensajeros y lo hicieron saber al rey”. El rio Jordan, como en el caso de Naamán, nos hace pensar de la cruz y muerte de Cristo, donde todos nuestros enemigos fueron derribados. No hay más peligro por nosotros, como los israelitas en la ribera de mar Bermejo, vieron a sus enemigos los egipcios muertos. Cristo en la cruz pagó el gran precio de nuestros pecados y nosotros ya somos libres, por fe en él.
Así el pueblo con la verificación de las buenas nuevas puede salir a disfrutar—menos uno. “A lo cual aquel príncipe había respondido al varón de Dios, diciendo: Si Jehová hiciese ventanas en el cielo, ¿pudiera suceder esto? Y él dijo: He aquí tú lo verás con tus ojos, mas no comerás de ello. Y le sucedió así; porque el pueblo le atropelló a la entrada, y murió”. ¿Una casualidad? No, para nada. Era el juicio de Dios a aquel que no quiso creer en la gracia de Jehová, proclamado por Eliseo. Así solo es la incredulidad que impide que el hombre sea recipiente de la gracia de Dios.
27 de noviembre de 2011