Es mi deseo reflexionar hoy día sobre las dificultades que encontró Eliseo de una vez cuando empezó su servicio, pero primeramente quiero copiar aquí los pensamientos de un hermano Venezolano sobre las ofertas y las peticiones que venían después en la escritura.
«Al leer sobre las “ofertas de personas de poder” recuerdo a dos mujeres en la biblia que se les hizo la misma oferta, idéntica, pero cuan diferente fueron sus respuestas. La primera era Esther: “Dijo el rey: ¿Qué tienes, reina Ester, y cuál es tu petición? Hasta la mitad del reino se te dará” (5:3) y una segunda vez: “Y dijo el rey a Ester en el banquete, mientras bebían vino: ¿Cuál es tu petición, y te será otorgada? ¿Cuál es tu demanda? Aunque sea la mitad del reino, te será concedida” (5:6). La otra era la hija de Herodías: “y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré. Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino” (Marcos 6:22–23).
«¡Qué gran diferencia en ambas peticiones!
«Que nuestro Señor nos ayude a discernir las malas ofertas y decir “Vete, Satanás” (Mateo 4:10), así como el mismo lo dijo».
Continuando con Eliseo, vemos que de una vez le encuentra incredulidad, y desgraciadamente incredulidad que viene de la parte de este grupo “los hijos de los profetas”. “Y dijeron: He aquí hay con tus siervos cincuenta varones fuertes; vayan ahora y busquen a tu señor; quizá lo ha levantado el Espíritu de Jehová, y lo ha echado en algún monte o en algún valle. Y él les dijo: No enviéis. Mas ellos le importunaron, hasta que avergonzándose dijo: Enviad. Entonces ellos enviaron cincuenta hombres, los cuales lo buscaron tres días, mas no lo hallaron. Y cuando volvieron a Eliseo, que se había quedado en Jericó, él les dijo: ¿No os dije yo que no fueseis”? ¿Qué pasó aquí? Este grupo de profesantes que no habían caminado con Elías, ni habían visto al profeta ascender al cielo. Su fe solo puede creer que el Espíritu de Dios lleve a Elías y le eche sobre algún monte pero no llega creer que hubiera podido arrebatarle al cielo. Sin duda fue difícil por Eliseo, encontrando la incredulidad de parte de los que deberían haber compartido la fe de Jehová. De los inconversos y seguidores de Baal, no se esperaba otra cosa, pero, ¿qué tal cuando son personas de la familia de la fe? ¿Y no es igual con nosotros? Esperamos la actitud del mundo en cuanto las cosas de Dios. Pero cuando hay desinterés, desanimo, e incredulidad de parte de los que profesan la fe de Jesucristo, siempre es más difícil aguantar. Eliseo por fin les deja hacer lo que quieren, sabiendo que sus “cincuenta hombres fuertes”, la energía de la carne, no iban a encontrar el hombre ya glorificado. La carne nunca conduce a un mejor entendimiento de las cosas de Dios.
Este grupo nunca se asociaron con Elías, que andaba solitario con su ministerio severo, mostrando la justicia de Dios. Pero Eliseo tenía una misión de gracia y así los hijos de los profetas vemos una y otra vez en la compañía de Eliseo, atraídos por la gracia, aunque no siempre participantes de ella.
Nuestro estudio hoy día termina con la demonstración de gracia a la ciudad de la maldición, Jericó. “Y los hombres de la ciudad dijeron a Eliseo: He aquí, el lugar en donde está colocada esta ciudad es bueno, como mi señor ve; mas las aguas son malas, y la tierra es estéril”. Así es el mundo sin la gracia de Dios. Sus aguas no refrescan y su tierra no produce nada bueno. Pero los hombres de la ciudad tenían fe para aprovechar la gracia manifestada en Eliseo y pedían su ayuda. La ayuda entonces otorgada nos habla de una escena del milenio. “Entonces él dijo: Traedme una vasija nueva, y poned en ella sal. Y se la trajeron. Y saliendo él a los manantiales de las aguas, echó dentro la sal, y dijo: Así ha dicho Jehová: Yo sané estas aguas, y no habrá más en ellas muerte ni enfermedad. Y fueron sanas las aguas hasta hoy, conforme a la palabra que habló Eliseo”. La vasija nueva sin duda habla de Cristo, la sal de la gracia que persevera y restaurará al mundo que ahora está bajo la maldición del pecado. La muerte y enfermedad no tendrán su fuerza contra los fieles de Israel y las naciones en aquel día. “He aquí, el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Juan 1:29
24 de julio de 2011