La cruz de Cristo involucra en su misma esencia y naturaleza, tres solemnes verdades que exponen de una manera clara y trascendente, todo lo que es el hombre, todo lo que es Dios, y todo lo que es la eficacia eterna de la redención allí cumplida. Por un lado, la cruz expresa de la forma más humillante, todo lo que es el hombre en su condición de pecador y en su gran rebelión hacia Dios y su Hijo. El Señor Jesucristo clavado en la cruz, constituye un solemne testimonio de la crasa dureza del malvado corazón humano, que no reconoció límites, ni escrúpulos, ni encontró ningún reparo en llevar a la muerte al Hijo de Dios.
Cuando miro la cruz de Cristo, no puedo dejar de decir: el odio y la maldad del hombre le pusieron allí. La cruz declara lo que el hombre es: un pecador arruinado y perdido. La cruz echa su sombra sobre el mundo manifestando que en toda la extensión de la raza humana, “no hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:10).
Por otro lado, la cruz de Cristo constituye el testimonio más solemne y convincente del amor de Dios. ¿Quiero saber si en realidad Dios me ama?
Miro la cruz y veo que allí Dios entregó a su Hijo por amor a mí. Esta es la demostración más perfecta y sublime del amor de Dios, y puedo estar absolutamente seguro, de que no hay otra evidencia mejor ni más convincente. “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10).
En otro aspecto, la cruz de Cristo es el fundamento del cual pende la salvación eterna del creyente. Quite la cruz, y solo verá el lago de condenación eterna que arde con fuego y azufre.
Introduzca la cruz, y sabrá que en ella se resolvió de la manera más perfecta la cuestión del pecado, de modo que el creyente tiene, en virtud de ella, la más amplia, segura, y franca entrada a la Casa del Padre en los cielos. Cristo, “llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados vivamos a la justicia” (1 Pedro 2:24).
En el solemne es escenario del monte Calvario pendían tres cruces. La de Cristo, cruz salvadora; y la de dos malhechores, cruces que condenaban a muerte a dos criminales en razón de sus hechos. Y justamente cuando los hombres se reunieron en torno a la cruz del Señor para injuriarle; cuando tanto la crueldad del soldado romano, el orgullo del fariseo religioso, la maldad del que por allí pasaba, y aun el vil odio del malhechor no arrepentido, se unían en esta crasa injuria; aconteció que el otro malhechor reconoció su propia culpa y exaltó toda la dignidad y grandeza de Cristo. “Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas éste ningún mal hizo. Y dijo a Jesús: Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Luc 23:39-43). ¡Qué brillo tan especial encontramos en el malhechor arrepentido! En él hubo una solemne confesión de su propia culpa, un sincero reconocimiento de su propio mal, una veraz declaración de toda su propia iniquidad. Él, a la plena luz de la presencia de Dios, justificaba su suplicio a causa de todos sus inicuos hechos, a la vez que declaraba la perfecta justicia y santidad de Cristo. Él reprendió al necio malhechor que injuriaba a Jesús, a la vez que buscó seguro refugio en el amoroso y cálido seno del eterno Hijo de Dios. Él miró a Cristo y se cobijó en su divina misericordia, a la vez que declaraba su enorme culpa. Él se condenó a sí mismo como un mísero pecador, a la vez que buscó amparo bajo el ala eterna y santa del Señor Jesucristo. Su fe no fue defraudada. Cristo mismo, de su propia boca, le anunció la más buena noticia que jamás había escuchado en toda su inicua y miserable vida de delito; Cristo mismo, abrió sus labios para expresarle la más alta, profunda y amplia gracia salvadora de Dios: “De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”. Si de la boca de la autoridad romana había oído su condenación a muerte, de la boca de Cristo oía de su eterna salvación. ¡Qué solemne es pensar que este malhechor arrepentido pasó directamente de la cruz al paraíso, de la condenación a muerte a la salvación eterna, del padecimiento a la beatitud sin fin! Si en su condición de condenado a muerte, él podía estar absolutamente seguro de que su cuerpo mortal no bajaría con vida de aquella cruz; como habiéndose cobijado en el amoroso seno del Señor Jesús podía estar aun más absolutamente seguro, de que aquel mismo día despertaría con Cristo en el paraíso. Y así como no tenía ninguna posibilidad de salir con vida de aquella condena, no existía ninguna posibilidad de que fuese privado de la eterna compañía de Cristo en el paraíso. El Dios que no miente lo había afirmado, y tal cosa era absolutamente suficiente para que su corazón descansase en tan notable y sublime promesa. En tanto que en su cruz su vida se escurría como justo padecimiento de lo que sus hechos merecían, Cristo sufría a causa del pecado de los suyos, y derramaba su sangre para expiación y vida eterna.
“La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado” (1 Juan 1:7). Si en su propia cruz, el malhechor arrepentido podía contemplar el justo padecimiento que merecían sus delitos, en la cruz de Cristo podía apreciar el valor eterno de la expiación de sus propios pecados. ¡Qué notable contraste y qué solemnes momentos! Aquella alma dejaba su vida aquí abajo para encontrarla junto a Cristo para toda la eternidad.
Querido lector, ante la eternidad sin fin que todo hombre tiene ante sí, y ante el solemne juicio que pesa sobre todos los que no han arreglado el asunto de sus pecados ante el Señor Jesucristo, no tenemos mejor oportunidad que advertirte de tu urgente necesidad de venir a Él, y cobijarte bajo la segura redención consumada en su cruz. Si crees en el Señor Jesucristo, si te colocas bajo el amparo de su ilimitada gracia, si te abrigas bajo los eterno beneficios redentores de su sangre, entonces hay seguridad de vida eterna para ti. “Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna” (l Juan 5:13).